Una, tres o cinco cosas a propósito de Levittown mon amour

1.
Mi meta es un comentario por relato. Son cinco los que componen este hermoso —y dolorosísimo— libro de Cezanne Cardona Morales, publicado por Ediciones Callejón (2018). Empecemos por el último, que termina quizás de forma demasiado abrupta y que es el único, como resaltara Efraín Barradas, que apunta hacia un final semi-feliz. En el resto, la felicidad es algo así como tener a la mano el dinero necesario para pagar por el entierro de tu papá. Es decir, la felicidad en Levittown mon amour está jodía también, pero no por ello resulta menos inalcanzable. El último cuento se titula “Amarrillo” y el personaje principal tiene a su papá en un asilo. El papá tiene Alzheimer. Pero es su exesposa quien se ocupa del viejo. A él le toca pintar la casa en la que convivían para venderla. Pero pasa más tiempo bebiendo cerveza y mirando juegos de béisbol. A todos los hijos y a todos los padres en los cuentos de Cezanne les gusta el béisbol. Digamos que es lo que los conecta. Eso y haber perdido. Eso y estar perdidos. Eso y estar cundidos por un sentido de pérdida.2.
Mi meta también es evitar los spoilers. Me limito a decir que “Datsun, 1982” es de amor juvenil y alcoholismo y ternura y desamor adulto y alguito de violencia y manipulación. Y es, fácil, mi favorito porque uno, al leer, imagina el relato convertido en película. Cezanne escribe: “Me gustaban esas mentiras de mi padre. Así que cuando mi madre lo enviaba a dormir dentro del carro, después de una larga pelea, yo siempre le echaba cosas a mi padre por la ventana del conductor para que sobreviviera hasta el otro día. Por allí le arrojé tostadas con mantequilla, lascas de jamón, trozos de queso de papa, navajas de afeitar…cartas de béisbol repetidas…dibujos que yo hacía…y cartas de la escuela para que las firmara y mi madre no las viera”.
3.
“Formas de beber agua” comienza, como los demás, de forma magistral: “Cuando llegué al hospital aquella tarde, recordé que no había ido a la fiesta de cumpleaños de mi hijo”. El papá es un tierra, y sin embargo, gran parte del encanto de la escritura de Cezanne es que lo tierra no impide lo tierno, y por ende, personajes como el papá aquí —a saber cómo— ¿merecen? ¿se ganan? nuestro afecto. Cezanne escribe: “Tampoco recordaba si yo le había enseñado a mi hijo a nadar. Ni siquiera conocía qué tamaño de ropa o zapatos usaba. Sabía al menos que cumplía cuatro o cinco años, ni más ni menos. Entonces recordé que el nene me había pedido unos flotadores de brazo de las Tortugas Ninja para su cumpleaños. Sentí miedo.”
4.
Me arrepiento del comentario anterior. Ese personaje no merece nada de mi simpatía. No obstante, la tuvo. Eso, me parece, es un triunfo del autor. Como lo son estas líneas de “Sofá,” el segundo cuento: “No sé si llegó a darse cuenta, pero a veces —sin que me viera— yo echaba monedas entre los cojines para que él las encontrara. Durante este tiempo dejé de comer dulces solo para ahorrar dinero y dejárselo a mi padre.” Entre las preguntas matadoras que provoca esta colección es a dónde van a parar estos niños y su devoción por sus padres ausentes, o irresponsables, o buenos-para-nada. ¿Acaso el niño que esconde las monedas entre los cojines del sofá para ayudar a su papá se convierte en el papá que las malgasta? ¿Será culpa del béisbol? ¿O de Levittown? ¿O del patriarcado? ¿O de la precariedad?
5.
El libro empieza con “Una escopeta sobre la hierba” donde el chiquillo que arrojaba trozos de queso de papa al papá por la ventana del carro en “Datsun, 1982”, ya es adulto y su padre acaba de morir. Sucede que necesita dinero para enterrarlo en Levittown, donde quedan solo barras y casas de empeño y farmacias para robar y funerarias donde no hacen descuento. Todos los demás edificios han sido abandonados, así como los patios de muchas casas y los parques de béisbol. Así, podríamos decir —porque nos resulta fácil en nuestro momento actual, aunque no por ello es menos cierto— como el resto del país. No obstante, el hijo no puede abandonar a su papá: “¿Cabría el cuerpo de mi padre en el baúl?” La contestación parecería ser que no. Que el cuerpo del padre solo cabe al frente. O encima. ¿Será esta una forma suficientemente abrupta para terminar esta reseña? ¿Hacia qué final apunta?