ServiR
En memoria de Don William Robles, uno de esos médicos de los pobres que nos obsequió la generación previa.
El problema vital es el alma.
El problema es de resurrección.
El problema, señor, será siempre sembrar amor.
-Silvio Rodríguez
Recientemente visité con mi familia un restaurante de San Juan cuya decoración incluye paredes que invitan a la expresión pública por parte de los comensales. Allí, los parroquianos “posteaban” distintos tipos de mensajes en los muros nada virtuales del local, en su mayoría, el ególatra Fulanito estuvo aquí. Sin embargo, en un punto conspicuo de una pared sobresalía el siguiente mensaje: “Se sirve sirviendo y el que no sirve, definitivamente no sirve.” Dicha afirmación, cuyo juego de palabras compite con cualquiera de las mejores canciones de Sabina, aparece atribuida al Dr. Luis Izquierdo Mora, prominente ciudadano puertorriqueño a quien no cabe disputar haber vivido fiel a ella.
“Se sirve sirviendo y el que no sirve, definitivamente no sirve.” Leída rápidamente, pareciera que se trata de una simple ecuación lógica. Sin embargo, constituye un planteamiento que encierra una profunda reflexión y sabiduría sobre el significado de la existencia humana y nuestra relación con los demás, producto del intelecto de un individuo que dedicó su vida al servicio de los más necesitados. Con pasmosa sencillez, dicho pensamiento nos advierte de una verdad que debía ser autoevidente: sirve el que sirve y el que no sirve, no sirve. Servimos, es decir, nuestra vida tiene valor y utilidad positiva, en la medida en que nuestras acciones resultan de beneficio a los demás. A contrario sensu, si no somos capaces de ofrendarnos a los demás, entonces el valor redimible de nuestra existencia es nulo. Bajo tales preceptos, son los valores altruistas de la compasión y la solidaridad, conjugados en el ejercicio práctico del amor al prójimo los que determinan la valía de nuestras vidas; mientras que nuestras acciones egoístas, oportunistas y de ventajería, constituyen débitos en el balance de cuentas de nuestra existencia. De tal modo, podríamos decir que al rendir cuentas, tan solo aquellos que en el balance generosamente hayan servido a otros más de lo que han actuado egocéntricamente, podrán hacer suyos con pleno derecho los versos del poeta mexicano, Amado Nervo: “Vida nada te debo, vida estamos en paz”. El resto, moriremos en deuda con la vida.
Cuadrar cuentas con la vida no es tarea fácil. Si bien Gabriela Mistral en su célebre poema El Placer de Servir reconoce que [t]oda naturaleza es un anhelo de servicio, no hay que olvidar que la condición humana también está socialmente determinada. La vocación de servicio presupone una honrada actitud de empatía y de respeto para con los demás, cuya semilla, aunque habita en el corazón de los seres humanos; necesita para germinar ser nutrida con amor y buenos ejemplos. El servicio hay que enseñarlo, hay que cultivarlo para que logre florecer en las conciencias y los corazones, particularmente de los niños y los jóvenes. Desarrollar una genuina vocación de servicio requiere renunciar a actitudes haraganas y narcisistas para imponernos sobre normas sociales que fomentan el individualismo, y el miedo y la desconfianza a los demás; y así poder asumir una disposición de abierta colaboración humanitaria. Se trata del desarrollo de valores que en última instancia se encuentran reñidos con el tanto tienes tanto vales sobre el que se erige nuestra sociedad capitalista, sin importar cómo llegues a acumular las riquezas por las que eventualmente serás medido, envidiado e imitado.
En una de sus últimas alocuciones públicas, el 4 de febrero de 1968, Martin Luther King Jr. (quien ya presentía que sería asesinado), basado en el evangelio de San Marcos exhortó a sus seguidores a aspirar a la grandeza, a través del servicio y el amor a los otros. Al referirse al interés innato de los seres humanos de sobresalir y destacarse, con su firme y poderoso verbo, ese gigante de la humanidad sentenció:
Si quieren ser importantes, maravilloso. Si desean ser reconocidos, maravilloso. Si quieren ser grandes, maravilloso. Pero reconozcan que aquel que sea más grande de entre ustedes, deberá ser su sirviente. Esa es una nueva definición de la grandeza…
Y esta mañana, lo que me gusta de ella: al dar esa definición de la grandeza, ello significa que todo el mundo puede ser grande. (Todo el mundo.) Porque todas las personas pueden servir. Usted no tiene que tener un título universitario para servir. Usted no tiene que hacer que su sujeto y su verbo concuerden para servir. Usted no tiene que saber sobre Platón y Aristóteles para servir. Usted no tiene que conocer la teoría de la relatividad de Einstein para servir. Usted no tiene que saber la segunda teoría de termodinámica en la física para servir. Usted solo necesita un corazón lleno de gracia, un alma movida por el amor.
En estos tiempos tempestuosos que vivimos, me pregunto, si más urgente que el definir medidas cortoplacistas de salidas a la crisis, no resulta prioritariamente necesario hacer una pausa para proceder con un examen de conciencia colectivo, que nos permita identificar la ruta de la grandeza a la que aspiramos como país. Definir cuál es el tipo de sociedad en que deseamos convivir, y el tipo de cualidades de la ciudadanía que requerimos para construir la misma. No pretendo ser ducho en pedagogía, pero me cuestiono si en estos momentos de tan sonada crisis educativa, acaso no deberíamos comenzar por definir cuál es la filosofía de vida en la que un verdadero sistema educativo debe formar a sus estudiantes. En determinar cómo un sistema educativo público puede aspirar a desarrollar al máximo la capacidad de grandeza latente en cada uno de nuestros hijos e hijas, independientemente de sus particulares capacidades físicas e intelectuales. En circunstancias como la nuestra, no es posible que nos ofusquemos en consideraciones sobre la utilidad para salir del paso que pueda representar una que otra medida o ajuste pasajero. Y es que las consideraciones de mera utilidad en ausencia de una orientación adecuada, por sí solas nunca constituyen garantías de progreso a largo plazo. Recordemos que cuando andamos parchando, nuestra ruta siempre la dictaminan los boquetes que encontramos en el camino.
Claro está, soy consciente de que el Poder, por definición, tiende a despreciar el verdadero servicio, inclinándose en favor del servilismo. Porque una cosa es “servir” y otra muy diferente es ser “servil” (aunque en puertorriqueño ambas palabras se pronuncien igual). El servilismo constituye la sumisión ciega y baja a la autoridad de otras personas. De tal modo, las actitudes serviles representan la otra cara de la moneda del Poder, y constituyen condición para su excluyente ejercicio de autoridad y control. Ello, pues el servilismo siempre plantea una humillante renuncia a la libertad de acción y de conciencia por quienes se someten a la “superioridad” ajena. Así, mientras el servicio nos potencia, el servilismo nos degrada. Mientras el servicio afirma nuestra inherente valía individual y nos enseña a depender de nuestras propias capacidades, el servilismo socava nuestra autoestima y nos torna dependientes. Mientras el servicio es abnegado y valiente, el servilismo es acomodaticio y cobarde. Mientras el servicio empodera y fortalece, el servilismo nos desarma y debilita. Mientras el servicio repara el sentido de confianza que une a las personas, el servilismo es fuente de intrigas y de disgregación. Mientras el servicio promueve una mejor distribución de beneficios, el servilismo tiende a la concentración de riquezas. Mientras el servicio enaltece, el servilismo nos condena a una vida vacua y mediocre. En fin, mientras el servicio nos libera, el servilismo nos esclaviza.
De tal modo, no cabe duda de que quienes controlan el poder económico y político en nuestra sociedad nos prefieren serviles, y nos desdeñan solidarios y serviciales. Y es que mientras la capacidad de servicio surge de la naturaleza misma de nuestra condición humana, el servilismo, por el contrario, es una construcción social. El servilismo, lejos de representar el desarrollo de potencialidades inherentes a nuestra condición humana, constituye una mutilación socialmente construida de ese potencial. El servilismo es hechura de siglos de despojo, explotación y sometimiento mediante la violencia y la intimidación. Mientras el sentimiento de servir nos viene innato, el servilismo es impuesto.
Por eso, para construir un gran país no podemos limitarnos a procurar identificar herramientas útiles de crecimiento económico y sana administración gubernamental. Tan ingente tarea requiere generar una nueva filosofía de vida entre nuestra niñez y juventud cimentada sobre bases liberadoras de servicio, solidaridad y colaboración social. Solo así lograremos que en un futuro no muy lejano, las hijas e hijos de esta tierra rescaten esta patria, abrazando el reto que nos lanzó la referida poetiza chilena:
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los
corazones y las dificultades del problema.
Hay una alegría del ser sano y la de ser justo, pero hay,
sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.
Tenemos el potencial, nos falta la brújula.