El ángel exterminador

1.
Es curioso cómo los artistas (me refiero a los creadores) muchas veces son visionarios. Un caso fenomenal es este filme de 1962 del maestro Luis Buñuel. Afincado en México, en huida de la España de Franco, allí confeccionó muchas de sus obras maestras y creó esta que viene al pelo en estos tiempos de pandemia. Sus ideas surrealistas están aún presentes y hay en él muchos guiños a sus dos filmes clásicos, Un Chien Andalou (1929) y L’Age d’Or (1930), en los que colaboró con Salvador Dalí y son parte de la historia del cinema. En el que nos ocupa, hay también una serie de referencias a otros filmes (que discutiré más adelante) y a otros directores que son una delicia para que el amante del cine las vaya identificando y viendo cómo encajan en la propuesta estética de la cinta.Desde el principio sabemos que hay algo extraño. Emperifollados, un grupo de 20 personas llegan a la casa fastuosa de Edmundo Nóbile (Enrique Rambal) para una cena. La mansión está situada en la calle Providencia, cuyo significado se hará evidente (Es curioso que el número de la casa es 1109; 11+09 = 20; también, que en el Decamerón los que se aíslan de la plaga son 10.) Poco antes de que el grupo llegue hemos presenciado que uno de los empleados parece huir de la casa y, según el grupo entra en la casa, otros también se van. Además, hay dos escenas que se repiten como si se hubiera dado marcha atrás a la película, como si el tiempo fuera manipulable y repetible. Más curioso aun es que por la mansión deambulan tres ovejas y un oso. En la Biblia, el oso representa autoridad y dominio, pero también significa que hay que “respetar las barreras”. Dada la época no se puede descartar que representara el opuesto a lo cristiano: el comunismo soviético antirreligioso y que, por eso, desaparece en el filme: era un tema demasiado escabroso para las censuras de los países occidentales. Para Buñuel, esas barreras, como veremos, incluyen las de clases (no es un accidente el apellido Nóbile –noble– del dueño de la casa) y, como he dicho, religiosas. Conocemos mejor la representación de Cristo en la oveja, y que estos animales simbolizan también la dulzura, el perdón y la mansedumbre. Ciertamente, son animales sacrificiales. Aunque en la cocina hay un cisne, que podría significar la pureza y la gracia, está hecho de hielo: sabemos que ha de derretirse. Es lo que ocurre con las gracias sociales y la etiqueta de los invitados según pasa el tiempo: se derriten. Que todos estén en “la Providencia” es uno de los chistes buñuelinos, ya que lo que sucede nada lo previene.
2.
Sentados a la mesa en espera de su plato principal, algunos de los comensales aparentan no conocerse entre sí; lo único que parece unirlos es su clase social. El anfitrión introduce a Leticia (Sylvia Pinal), una mujer hermosa –y extranjera– a quien llaman «La Valkiria». Entra el mayordomo al comedor, tropieza, y tira al suelo los platos y la comida. Algunos se ríen, otros se insultan, no porque se ha echado a perder la comida, sino porque les ha salpicado sus vestimentas. Esta clase nunca tiene carencia de comida; la integridad y apariencia de sus ropas caras les importa más. Para entonces, todos los criados se han marchado dejando solo al mayordomo (quien es el más aristocrático de todos) para que les sirva a los invitados.
No sabemos qué terminan comiendo, ni quién limpia la comida del piso, pero todos se mueven al cuarto de música donde, Blanca (Patricia de Morelos), se sienta al piano y toca una sonata de Scarlatti, quien vivía en Roma cuando se desató la última gran epidemia de peste bubónica que se regó por toda Europa, en 1720. Al terminar la pieza, nos vamos enterando de las actitudes y secretos de los invitados. Algunos están enfermos y les queda poco tiempo de vida, otros tienen deseos de escaparse de la “sociedad” (refiriéndose a la raza humana, no a su grupo social). Otros muestran su lujuria y sus deseos sexuales. El Dr. Carlos Conde, el médico en el grupo, es objeto de deseo de su paciente, Leonora (Bertha Moss), la mujer que tiene cáncer. El anfitrión le da unas ampolletas de morfina para que, de ser necesario, le calme el dolor, pero una pareja (hermana y hermano) se la roban. Mas lo peor es, que según avanza la noche y, aunque muchos están exhaustos, no pueden salir del salón, mucho menos irse de la casa. Están atrapados por una fuerza que desconocen y que no les permite rebelarse contra la inacción de sus cuerpos. En cambio, se van posicionado en la habitación buscando la mejor forma de descansar y de mantenerse distanciados unos de otros, a pesar de la conglomeración.
El invitado de más edad muere y lo encierran en una alacena. Una pareja entra a un armario en la pared y se suicida sin que el resto se sienta demasiado alarmado. Sí sabemos que, además del cáncer y otras enfermedades, todos tienen el alma y el corazón enfermos. El tiempo va pasando sin que puedan ni tan siquiera salir del salón de música. Más allá del marco que indica la separación de esa habitación de la próxima, es imposible poner un pie, al parecer existe una barrera invisible que impide la salida de los que están en la habitación. Según la situación se vuelve caótica, la única persona que mantiene cierto orden es el médico, la figura de autoridad, la mente lógica, el hombre que sabe algo de ciencias, aunque, cuando alguien se queja de síntomas extraños, sin examinarlo recomienda “aceite alcanforado cada 24 horas”. (Algo así como algunos remedios que se han dado para el COVID-19.) En situaciones anormales, parece decir Buñuel, nadie está exento de pensamientos irracionales, ni siquiera los líderes.
Pasa el tiempo, la comida se ha terminado, no queda agua. Tienen que hacer un roto en la pared para acceder a la tubería de donde la toman. Por suerte aparecen las ovejas y proceden a matarlas; crean un fuego en el centro de la habitación, las cocinan y se las comen. Aunque el oso también se acerca, no sabemos su suerte. Es posible que se haya “fundido” con el médico quien, cuando los apresados comienzan a acusar a su anfitrión de haber causado la situación y claman por su sangre, sirve de árbitro y rechaza la idea asesina. Los apresados están rodeados ahora de violencia, suciedad y promiscuidad y, según dice uno de ellos, “de la obra de Satanás”.
3.
Mientras estos asuntos están sucediendo, afuera la prensa, las familias de los atrapados, la policía, algunos de los empleados que han regresado, y curiosos, se arremolinan frente a la casa. Un niño, hijo de uno de los atrapados, es exhortado infructuosamente a que vaya y entre a la casa. Ni tan siquiera los inocentes pueden rescatarlos. Fuera de la mansión cuelga la bandera amarilla (como la de los barcos contaminados en “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez), que indica cuarentena. En realidad, delata que los que están adentro sufren de una “plaga”, algo que el espectador entiende que, en este caso, es un virus de su psique. En un momento, un policía o militar (no sabemos) que podría ser el doble de Francisco Franco en esa época, da órdenes y controla cómo se regula la muchedumbre frente a la mansión. La referencia al dictador es sutil, pero notable.
Las relaciones a la plaga (la peste bubónica), a través de Scarlatti y la bandera de cuarentena son bastante obvias, como también lo del aislamiento y la elevada “mortalidad” entre los aislados. Además, para su crítica del franquismo, Buñuel remueve el distanciamiento político que mantiene el filme hasta ese momento para mostrarnos, que el dominio del ejército y la policía sobre la población en una dictadura está ligado a los excesos de las clases dominantes conservadoras. El poderío de la iglesia sobre la dictadura y el maridaje de esta con las clases altas se revela en los símbolos de las ovejas y la ausencia de las clases “bajas” en la mansión, ya que los sirvientes se dieron a la fuga antes de que comenzara “la plaga”. Se suma a esas referencias el hecho de que un grito masónico no consigue romper el sortilegio que ha embrujado la casa y aprisionado a los comensales. Solo la verdadera iglesia es redentora.
Que la “posición social” es uno de los factores en haber causado el asilamiento y la imposibilidad de escape está explicita en la solución al enigma, que tiene que ver con la “posición” (física y social) que todos los presentes ocupaban cuando Blanca terminó de tocar la sonata en el piano. Fascina, en relación con el Buñuel desterrado (y por lo tanto extranjero en su propia nación; era ciudadano mexicano), que ese detalle lo provee la extranjera a quien llaman la Valkiria. En la mitología nórdica, las valquirias escogían quienes sobrevivirían o morirían en batalla. La Valquiria Leticia, juega ese papel ya que, el anfitrión, Edmundo, quien había prometido matarse para ver si las cosas vuelven a su normalidad, vive porque ella descubre el secreto que rompe el “embrujo” que no permite que sus huéspedes se marchen. Ella es la que conduce a todos a la libertad. ¿Pero es verdadera, esa libertad?
4.
Las campanas de la Catedral tañen anunciando que un Te Deum se está llevando a cabo como celebración del fin de “la cuarentena”. Al terminar el servicio, nadie pude salir de la iglesia (los que estuvieron presos desaparecen) y afuera hay un motín o una sublevación, tal vez un coup d’état. Acentúa el simbolismo de que la Iglesia atrapa a sus seguidores, cuando, posiblemente inducido por los soldados o policías afuera, un rebaño de ovejas entra a la iglesia. La dictadura promueve la religión y está casada con ella, tal y como lo estuvo después de la Guerra Civil española.
La película tiene que ser vista con la idea de que habrá que pensar en sus significados. Como todo el arte, hay interpretaciones que pueden diferir de esta que proveo. La ofrezco, sin embargo, para los que deseen entrar a la mansión con alguna idea de sus coordenadas ideológicas y de las tendencias religiosas, sociales y políticas de Buñuel. Hay que entender que el título, según explica Buñuel mismo (Mi último suspiro; Plaza & Janes, S.A. editores; 1982), proviene del Apocalipsis, en el que se explica que al ángel exterminador también se le conocía como el ángel de la muerte. A él podemos atribuirle las muertes entre los acuartelados y de los que están enfermos, en los que la muerte es cuestión de tiempo. De todos modos, en una cinta tan cargada de simbolismo político y religioso, es necesario contextualizar los temas a los que el autor (Buñuel fue también el guionista) volvía una y otra vez en sus filmes.
5.
Junto a su camarógrafo, el genial Gabriel Figueroa (con quien trabajó varias veces) era imposible que en el trascurso del filme Buñuel no hicieran referencias al trabajo de Gregg Toland, quien fue camarógrafo de Orson Welles en Citizen Kane (1940) y maestro de Figueroa. Aunque Toland no trabajó con Welles en The Magnificent Ambersons, es evidente que tanto Buñuel como Figueroa conocían bien el filme. Las escenas de la llegada de los comensales y las iniciales en el comedor y en el salón de música así lo delatan. Muchos de los claroscuros con luz hacia la cámara le dan en momentos un aire wellesanio al filme. Por otro lado, hay evidencia de la originalidad y el talento de Figueroa en la mayoría de las escenas y de su capacidad de extraer de los ángulos fotográficos las características interiores de los personajes. El cenit del reconocimiento a Toland, viene en una escena en que una de las mujeres sueña que una mano desprovista de brazo la persigue. Toland fue el camarógrafo en Mad Love (1935) el filme de horror de Karl Freund, en el que Peter Lorre debutó en EE. UU. En la película las manos de un asesino son trasplantadas a un pianista. En “El ángel…” la escena tiene un efecto horrífico cuya intención es alertarnos a las posibilidades de que el personaje de volver a tocar el piano. La subversión de la idea original en el filme de otro me parece otro chiste de Buñuel.
La gracia de “El ángel exterminador” es que nos permite pensar y hacer conjeturas sobre su significado. Pocas películas la sobrepasan en permitirle al espectador la soltura de especular sobre lo que vemos y cómo se explica. Para mí este siempre ha sido uno de gratos momentos resultantes de atar lo que uno ve, con lo que pensaba Buñuel sobre las cosas que, en el exilio en México, lo atormentaban de su país. Sin duda, cuando ya el surrealismo agonizaba (¡aún vive!), esta es una obra que le rinde un gran –y sólido– tributo al movimiento.
En este momento, los argumentos y la posición de Buñuel de hace 58 años me parecen una predicción de lo que estamos sufriendo con COVID-19, que entendemos solamente un poco más que al ángel que decide nuestras vidas y que tanto se divirtió en la película haciendo maldades.