Occupy Wall Street: una crónica en bicicleta
¡Viva La Pepa!
Pocos días antes del 17 de septiembre del 2011, llegó una convocatoria por internet para que acudiéramos a Wall Street a protestar contra la avaricia de los banqueros. Como muchos amigos, en mis años estudiantiles viví épocas de escasez económica. Y hoy, gracias a la desmesura de los especuladores, tengo la suerte de volver a las emociones fuertes de mis años mozos, pues debo más de lo que gano, y el dinerito que tenía invertido para la jubilación de momento hizo ¡plaf!, y se volatilizó.Agarré la bicicleta y decidí sumarme a la manifestación bajando por la calle Broadway. La gente aguardaba en lo que se convertiría el centro del movimiento, un espacio verde que va de Broadway a la calle Church, a una manzana del World Trade Center. Y de allí salimos a ocupar Wall Street. Los muchachos iban corriendo y yo los seguía en mi bicicleta. Era sábado, sólo se veían turistas por la zona y los accesos a la calle de la Bolsa estaban bloqueados por la policía. El único que quedaba libre daba a un restorán de lujo del 55 de Wall Street, en cuyo segundo piso se celebraba una fiesta privada. Allí, en un enfrentamiento totalmente vertical, comencé a percibir la fuerza de los jóvenes, la arrogancia de los pudientes y la intransigencia de la policía.
Después de un rato, volví a la plaza de Zuccotti, que estaba repleta. Había múltiples “speakouts”, donde la gente decía lo que pensaba. Algunos llevaban carteles con mensajes de protesta, otros hacían “peformances” o hablaban con la prensa independiente. Sólo vi una camioneta de Univisión estacionada en Broadway, pero los periodistas brillaban por su ausencia. Se decía que las autoridades le habían sugerido a los medios que no cubrieran la manifestación.Siete días más tarde cuando me disponía a hacer la compra en el mercado de Union Square de la calle 14, una vecina me convenció de que fuera a otra plaza en el West Village, lo que me salvó de presenciar cómo la policía roció con gas pimienta a un grupo de mujeres jóvenes que estaban acorraladas en sus infames redes anaranjadas. Era el 24 de septiembre. Comencé entonces a frecuentar la plaza de Zuccotti, y vi su lenta evolución. También comencé a conocer a sus integrantes. La mayoría eran jóvenes graduados de universidad que no conseguían trabajo y protestaban porque les habían robado el futuro. También había indígenas denunciando el genocidio de su gente.
Durante aquellas visitas aprendí algo de historia: en 1653 Peter Stuyvesant ordenó que se construyera una muralla en la frontera norte de lo que entonces era Nueva Amsterdam, para proteger el asentamiento holandés de los ataques de los nativos. La muralla corría de este a oeste de la isla de Manahatta, como la llamaban los indígenas. Cuando la tierra pasó a manos inglesas, la Walstraat holandesa se transformó en Wall Street, la calle de la muralla de hoy.
Pero en Zuccotti no sólo había jóvenes y representantes del American Indian Movement. También había señores y señoras mayores, como la pintora japonesa de 89 años Koho Yamamoto o Meir Havazelet, el rabino y profesor emérito de 85, que explicó a CBS que estaba allí para protestar porque le partía el corazón que sus alumnos no consiguieran trabajo. Destacaba un hombre grande, fuerte y negro –que parecía un “bouncer” y estaba allí para disolver conflictos, según un cartelito que a veces llevaba en el pecho. También conocí entonces a cuatro de los jóvenes boricuas comprometidos con el movimiento.Vinieron los arrestos de los 700 manifestantes en el Puente de Brooklyn del domingo 2 de octubre. Ya había llegado la primera oleada de frío y lluvia, y resultaba difícil pasar mucho tiempo al aire libre. Pero gracias a la tenacidad de los ocupas, y al apoyo de políticos como Jesse Jackson, actrices como Susan Sarandon, profesores como Cornell West y cineastas como Michael Moore, pudieron recibir bajo tiendas de campaña la gran tormenta de nieve que tumbó más de mil árboles en el Parque Central.
El sábado 8 de octubre volví con Morgan Gwenwald, una fotógrafa, y encontramos una ciudad con casetas, hospitalillo, centro de prensa y una biblioteca con más de 4 mil volúmenes. Más tarde la poeta y cantante Patti Smith donaría fondos para poner los libros bajo techo. Fue una agradable coincidencia pues mi amiga, la fotógrafa, trabaja de bibliotecaria en SUNY.El 13 de octubre llegó el aviso de desalojo, debido a que el alcalde se disponía a limpiar la plaza, y se pidió por internet que fuéramos a apoyarlos. A las 6 de la mañana, aún estaba oscuro, y me hallaba entre los ocupas con bronquitis, con miedo y con mucho frío. Vi a jóvenes limpiando milímetro a milímetro y con cepillitos el suelo de la plaza. Llevaban en ello más de 24 horas. Me senté junto al Arbol de la Vida, una sección donde habían improvisado dos altares con un sinnúmero de imágenes y ofrendas. Llegó una pareja que nos explicó que, si estábamos de acuerdo, se iniciaría una meditación en grupo. Y una chica dirigió la meditación con mantras para que el sol saliera, para que cesara el miedo, para que nos sintiéramos protegidos.
Y el sol salió ese día. Y caminé por la plaza, aún con bastante miedo a pesar del poder de los mantras. Seguíamos rodeados por la policía. Pronto vi al “bouncer”, quien iba de un grupo a otro informándonos que, según el equipo legal, todo estaba bajo control: la empresa dueña de la plaza había dado permiso para que el campamento se quedara.
El 5 de noviembre se celebró el Bank Transfer Day: se animaba a la ciudadanía a transferir sus ahorros de los grandes bancos comerciales a la banca local y las cooperativas de crédito. Hubo actos y “performances” en las calles y plazas de la ciudad y en el metro. Ya habían comenzado a aflorar una miríada de ocupaciones tanto a nivel local como internacional: Occupy Washington Square, Occupy Washington Heights, Occupy El Barrio, Occupy Seattle, Oakland, Chicago, Canada, Germany, France, Puerto Rico y un larguísimo etcétetra que incluye Occupy the Highway, una caminata desde Nueva York a Washington para levantar conciencia sobre el movimiento. La ciudad de Zuccotti o de la Plaza de la Libertad –como comenzó a llamarse– siguió creciendo. En esos días me incorporé con Carmelina Cartei, una colega de Hunter College, al círculo de los tambores. Y solíamos encontrarnos de 4 a 6 de la tarde en la gran rumba de los ocupas.Entonces llegó el desalojo del martes 15 de noviembre. Esa madrugada la policía arrojó en camiones de basura los alimentos, libros, abrigos, medicinas, computadoras, sacos de dormir, tiendas de campaña y tambores; mientras los jóvenes entonaban el himno nacional estadounidense. Arrestaron a quienes se negaron a marcharse y por primera vez utilizaron los aterradores cañones de sonido LRAD (o Dispositivos Acústicos de Largo Alcance) contra los manifestantes.
Era la una de la mañana. Desde hacía tiempo la furgonetita solitaria de Univisión del primer día se había multiplicado, y la prensa local e internacional seguía de cerca lo que sucedía en Zuccotti. Mucha gente veía en sus casas cómo se comportaban las fuerzas del orden y, si no sufrían de presión alta o del corazón, comenzaban a dejar el sofá de sus salas e incorporarse al movimiento. Pero de lo que sucedió aquella madrugada hay pocas imágenes, pues la policía le impidió a la prensa que cubriera los arrestos.
El 17 de noviembre, aniversario de los dos primeros meses de Occupy Wall Street, es un caleidoscopio de vivencias. Mi maestra de yoga Roberta Schine estuvo con dos amigas en primera fila durante la toma de la Bolsa. A las 7 de la mañana, antes de que comenzara la protesta, dijo ante las cámaras de televisión que venía a ocupar “Wallet Street”. Era un día laboral, y las transacciones en el parqué comenzaron varios minutos más tarde de lo previsto por la acción conjunta de los jóvenes. De los jóvenes y los no tan jóvenes. Roberta tiene 67 años, su amiga Karen 68, y la veterana del grupo es Frances Goldin, quien cuenta con 87 primaveras. Cuando le preguntaron sobre los ocupas, Goldin declaró: “Su espíritu, su dedicación, su amor, son como alimento que te da energía”.Gracias a su edad avanzada, las tres mosqueteras se salvaron de vivir en carne propia la violencia de los golpes y los arrestos. También se salvaron de estar en la mirilla de las armas acústicas LRAD, modelo portátil, que emiten un haz de sonido altísimo y doloroso a un objetivo muy preciso. El efecto en los muchachos que recibieron las descargas fue dramático: sin siquiera proferir un gemido, cayeron al suelo con violentas colvulsiones. A veces, acercarse a la centuria tiene sus ventajas.
Por mi parte fui a la manifestación de los estudiantes en Union Square de las 3 de la tarde. Llegué en bici, claro, pues constituye una forma de escape segura cuando arrecia la violencia. Escuché a Héctor López, un boricua que ha estado en Zuccotti desde los primeros días y con su melena blanca e inmensa bandera de Puerto Rico entonó la versión revolucionaria del himno nacional. Escuché también a un representante egipcio de la plaza Tahir quien le habló al grupo. Y marché con ellos hacia el sur, por la Sexta avenida.
Entonces pude ver de cerca las caras de los que no estaban en la marcha. Caminábamos entre los carros y estábamos rodeados de las sonrisas de los taxistas, los vítores de las señoras que no podían unirse porque mostraban sus brazos rotos, el apoyo de los empleados y vecinos que salían de los edificios. Tendré por siempre a una señora prendida en el corazón. Habíamos creado un tremendo tapón y ella iba en una guagua. Era negra y mayor, y mostraba por la ventana uno de los cartelitos de Occupy Wall Street en señal de apoyo. Su sonrisa, su mirada, su complicidad, consituyen la fuerza del movimiento.
Ese poder también reside en Denise Vega, la madre soltera de tres hijos que vive en los “projects”, o residenciales públicos que hay a lo largo del río del este, y permitió que Mark Read proyectara las imágenes tipo Batman en un edificio del bajo Manhatan desde su apartamento, mientras más de 30,000 personas marchaban por el Puente de Brooklyn. Entre las consignas que se vieron esa noche están el emblemático “mic check”, la frase “look around, you are a part of a global uprising” y la consigna coreada a lo largo de los dos meses: “we are unstoppable, another world is possible”.
El frío y la lluvia se están adueñando de la ciudad. La plaza de Zuccotti ya no constituye la base principal de operaciones, pues está ocupada por los dueños de los predios. Han puesto lucesitas de navidad, pero no se puede entrar con la bicicleta ni llevar palitos de tocar tambores.
El movimiento OWS# se ha trasladado a otros espacios. Algunos están en edificios donde se reúnen los grupos de trabajo. Otros en iglesias como la Judson Church de Washington Square y la Riverside Church de la calle 120, que abrieron sus puertas para que la gente durmiera bajo techo.
Termino esta crónica tras asistir a la asamblea de Ocupa Wall Street en Español, grupo de trabajo que se reúne los domingos en la calle Wall, número 60. Allí encontré un nutrido grupo de latinoamericanos revisando iniciativas para reorganizar el movimiento. Hablaban de la violencia doméstica, la situación de los indocumentados, el acceso a la internet, la necesidad de que antes de que se aprueben las leyes en el concejo munincipal, se lean en la radio a fin de que el ciudadano se entere de qué posturas toman los políticos. Se anunciaron marchas de apoyo a los estudiantes de CUNY (quienes van a sufrir una nueva alza en la matrícula), talleres legales en favor de los inmigrantes, manifestaciones frente al consulado del Perú para apoyar la lucha contra la minería que se está dando en Cajamarca.
Soledad Delgado estaba sentada cerca de mí y esperaba su turno para hablar. Es una lider comunitaria de los jornaleros de Elizabeth, Nueva Jersey; y había ido con sus tres hijas. Contó que desde hace dos años los jornaleros de Nueva Jersey se han organizado. Con sus propios medios, se autoeducan, llevan desayunos a la gente que espera en la calle para que los empleen por un día, tienen el respaldo del alcalde. Y venía con su familia en busca de ayuda. Le pidió a Ocupa Wall Street en Español que acudieran a Elizabeth. Explicó que ellos son los obreros, la mano de obra, y necesitan la capacidad intelectual y pericia cibernética de los jóvenes del movimiento. Después de exponer su petición se levantó, pues ya era tarde y debía volver a casa con sus hijas. La asamblea continuó su curso, pero Roberto Meneses, el representante de los Jornaleros Unidos de Queens y media docena de personas del grupo se le acercaron y estuvieron hablando con ella un largo rato.
Pasados unos minutos yo también me fui. Y mientras le quitaba el candado a la bicicleta, me di cuenta que la había amarrado frente al 55 de Wall Street, justo donde se dio el primer enfentamiento entre los manifestantes, los pudientes y la policía. La calle de la muralla que aquel día no se pudo tomar, y hoy ya está ocupada por los ocupas.